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Retiro Puente J: Un Encuentro transformador de fe y comunidad

Retiro Puente J

Los jóvenes del equipo arquidiocesano de evangelización de la juventud "Puente J" vivieron una experiencia espiritual y de fraternidad.

En un ambiente lleno de oración, reflexión y fraternidad en la basílica menor de la Inmaculada Concepción del municipio de Cáqueza Cundinamarca los jóvenes del equipo arquidiocesano de evangelización de la juventud "Puente J" en el cuál participan representantes de las diferentes vicarías episcopales territoriales, se reunieron durante un fin de semana para participar en un retiro que prometía reavivar la fe y fortalecer su compromiso con Dios. Desde el viernes 28 de febrero en la noche hasta el domingo 02 de marzo al mediodía, cada actividad estuvo diseñada por la coordinación de la evangelización para la juventud de la diaconía para la esperanza, para que los participantes profundizaran su relación personal con Jesús y su camino como discípulos, se reencontraran con ellos mismos y compartieran vivencias que marcaron un antes y un después en su camino espiritual. 

 

Dinámicas que encienden la luz interior 

 

La experiencia inició con una cálida bienvenida, en la que el equipo organizador invitó a los jóvenes a abrir sus corazones. Uno de los momentos más simbólicos fue el juego «encuentra tu mitad», donde cada participante recibió la mitad de un corazón y, al buscar a su complemento, se abrieron espacios para conversar sobre sus expectativas y estado anímico. «Fue sorprendente cómo el Espíritu nos llevó a conectarnos con la persona adecuada en el momento adecuado, comentó una de las participantes, destacando la conexión inmediata que se forjó en ese instante. 

 

Reflexión y renovación a través del Examen Ignaciano 

 

Otro pilar del retiro fue el examen de conciencia ignaciano. En un ambiente de recogimiento y silencio, los jóvenes se dedicaron a repasar su día, identificando momentos en que sintieron la presencia de Dios y aquellos en los que se alejaron de su luz. La estructura del examen —que abarcó desde reconocer la presencia divina hasta formular compromisos para el futuro— permitió que cada uno se confrontara con su propio camino y se comprometiera a crecer en fe. «Fue como ver mi vida en un espejo, reconocer mis errores y agradecer las bendiciones», expresó una de las jóvenes. 

 

El Discipulado, un camino de vida y misión

 

La hermana Magda Liliana Cruz, vicaria de la diaconía para la esperanza, acompañó este espacio con una reflexión muy profunda en torno a lo que significa el discipulado como camino de vida y misión en el que abordó los retos del discipulado a nivel personal, en las decisiones concretas, en la confianza plena en Dios y sus implicaciones y en la entrega generosa. Como discípulos estamos llamados a vivir esta misión de manera radical no solo aprendiendo sino dejándonos transformar, dando una respuesta personal y concreta en comunidad, el camino siempre será comunitario.   

 

Adoración y peregrinación: encuentros que marcan el camino 

 

La jornada incluyó momentos de adoración al Santísimo, donde la contemplación y la meditación se convirtieron en el centro de la experiencia. Con velas encendidas que simbolizaban la luz de Cristo, los participantes se dejaron envolver por la paz y el amor divino, sellando con una oración de compromiso que resonó en cada rincón del espacio. 

La experiencia se enriqueció aún más con una peregrinación hacia la Virgen de Monruta en Cáqueza. Enmarcada en el Jubileo de la Esperanza, esta actividad permitió a los jóvenes adentrarse en la historia y significado de esta advocación, símbolo de protección y amor maternal. En cada parada, se les invitó a reflexionar con preguntas profundas como: «¿Qué significa para mí la esperanza?» y «¿Cómo puedo ser un discípulo fiel en mi entorno?». La respuesta a estas preguntas se tradujo en una vivencia comunitaria que fortaleció el sentido de pertenencia y compromiso mutuo. 

 

Un legado de fe y unidad 

 

Al concluir el retiro, los jóvenes del equipo arquidiocesano se sentían renovados y llenos de gratitud. Las actividades, desde la integración lúdica hasta las intensas jornadas de reflexión y peregrinación, no solo reforzaron la fe individual de cada joven, sino que también cimentaron la unión de un grupo que ahora se ve a sí mismo como portador de un mensaje de esperanza y amor en el acompañamiento a los jóvenes de sus territorios vicariales y en el caminar en sinodalidad. 

Este retiro no fue simplemente un fin de semana de actividades; fue una verdadera travesía interior que dejó huellas profundas en la vida de cada participante, reafirmando que, al caminar juntos, se puede iluminar el sendero hacia un futuro lleno de fe, compromiso y fraternidad.

Este retiro me mostró que la fe se vive en cada encuentro, en cada risa y en cada silencio compartido, recordándome que nunca estamos solos en nuestro camino hacia la luz.